Autor: Carlos Hermoza H. / Fuente: Vive Compliance Magazine

En lo personal, la integridad es hacer lo correcto sin que nadie me vea. Es el respeto hacia los demás, hacia mí mismo y mi propia organización. La integridad es un pilar fundamental para cualquier cultura corporativa y sistema de prevención. La integridad nos vuelva más competitivos en el mercado, genera valor en las organizaciones, asegura transparencia y cumplimiento en nuestra relación con terceros y frente a nuestros grupos de interés, da confianza y además previene riesgos y delitos.

Debemos entender que, nosotros como seres humanos somos el resultado de nuestras propias decisiones. Si decidimos influir positivamente en los demás, liderar y predicar con el ejemplo, seguramente combatiremos
la corrupción, la alejaremos de nuestro entorno y rechazaremos de nuestro circulo social y profesional.

De la mano con la corrupción, llegó no solo al Perú, sino también al resto de la región y el mundo, una variante:
el fraude.

Hoy en día, en un contexto como el actual, de pandemia, solo hacen falta que entren en juego 3 factores, para que se produzca la inconducta humana, en la que las personas están dispuestas a sacrificar ética e integridad por un beneficio personal o para la propia organización, lo que da lugar a nuevos riesgos que prevenir, identificar y gestionar oportunamente. Para esto debemos referirnos a la denominada teoría del “triángulo del fraude”, en el que necesitamos que tres componentes entren en juego para que se produzca “la tormenta perfecta” como muchos colegas la están llamando, en tiempos de Covid 19, que claramente contribuye a este escenario:

1) Oportunidad: La persona identifica la forma de abusar o aprovecharse de su posición de confianza en la organización para cometer la inconducta.

2) Presión: Es la motivación que tiene la persona para cometer el ilícito. Lo que la lleva a cumplir con su objetivo o resolver un problema, mediante prácticas o medios ilegítimos.

3) Racionalización: Es la conducta como tal que comete el sujeto, bajo la premisa que es lo correcto o que existe una justificación de por medio. Las empresas, no solo en el Perú, sino en el resto del mundo, como consecuencia de la crisis por el coronavirus, se han visto expuestas a fraudes de todo tipo, principalmente cibernéticos y estafas, además de casos de corrupción pública y privada, a causa de sus funcionarios, esto con motivo que muchas de ellas no estuvieron preparadas o contaron con los controles adecuados para prevenir los nuevos escenarios de riesgos que se fueron presentando con motivo de la pandemia y el trabajo remoto.


Debemos ser conscientes, hoy más que nunca, que, la empresa es considerada un vehículo para cometer actos ilícitos, así como también para promover prácticas que no se ajusten a las políticas corporativas que permiten una adecuada y responsable gestión de la empresa; es aquí en donde el Compliance debe entrar acción, de la mano con ética, la integridad, el gobierno corporativo y la gestión de riesgos.

Apostemos por el Compliance, entendiéndolo como una cultura corporativa que va más allá del cumplimiento normativo, de las obligaciones legales o regulatorias de cualquier organización. Una verdadera cultura de cumplimiento en la empresa asegurará que nuestros colaboradores tomen decisiones éticas y con respeto a la legalidad que les aplica.

El éxito de cualquier programa de cumplimiento dependerá del esfuerzo y compromiso que le pongamos
todos nosotros.

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